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El periodista Jairo Cala Otero, corrector de gramática y estilo, nos deleita con este relato al mismo tiempo que nos ilustra sobre el uso correcto de nuestro idioma.

Jairo Calá Otero / Periodista – Corrector de gramática y estilo
Castellano correcto
Los regalones tergiversaron el verbo regalar
En el parque de su barrio, a donde llegó después de haber escuchado las noticias de la mañana, Regalado miraba a todos los lados. Quería encontrar a alguien con quien desfogar lo que sentía. Necesitaba hablar con alguien sobre la desazón que tenía por el incorrecto uso de un término.. En esas Alfabeto hizo aparición. Se sentó a su lado, en la misma banca, y él dio comienzo a su plática.
- ¿Cómo te parece, Alfabeto, que en este país sobran los regalones (*). Hay muchísima gente que sólo piensa en regalos; pareciera que se hubiesen criado a punta de recibir obsequios todos los días.
- ¿Por qué dices eso, Regalado?
- ¡Cómo que por qué! ¿No has escuchado a tu alrededor a tantos compatriotas deseosos de que todo se lo regalen? ¡Hasta tu nombre, carajo!
- Explícate. No te he entendido.
- Pues que a mucha gente se le dio por torcer el sentido del verbo regalar. Ahora conjugan ese infinitivo en todas las ocasiones, sin que sea correcta su aplicación.
En ese preciso momento, un jovencito que montaba en bicicleta se acercó a los dos caballeros.
-Señor, ¿me regala la hora, por favor?, dijo sin más.
Alfabeto apenas miró rápidamente a Regalado; y luego pasó la mirada sobre el rostro del muchacho.
- Fíjese, fíjese. ¡Lo acabas de escuchar, Alfabeto! Este muchacho quiere ¡que yo le regale la hora! Yo, sinceramente, apenas puedo suministrársela, indicársela, informársela. No tengo potestad para regalar el tiempo.
- Ya comprendo; y tienes mucha razón. Se volvió una fea costumbre en mucha gente el utilizar ese verbo transitivo en situaciones que no lo admiten. Yo tenía ganas de que abordáramos este tema.
- Sí, señor. Ahora quieren que uno regale todo, hasta las cosas personales. Ayer una funcionaria de la Gobernación , donde estaba yo adelantando una diligencia, me pidió que le regalara mi nombre – contó Regalado-. Yo la increpé diciéndole que si se lo regalaba ¡cómo carajo tendría que llamarme en lo sucesivo! Por lo menos fue inteligente y entendió el mensaje; se puso colorada, pero a renglón seguido me dijo que, entonces, le regalara mi cédula de ciudadanía. Volví a la carga y le contesté que si le regalaba la cédula me quedaría sin documento legal para identificarme; que yo sólo estaba dispuesto a proporcionarle, informarle, indicarle o darle el número de ese documento, pero que no se lo regalaría por ninguna razón. Pero la señorita, muy oronda, después de rellenar otros espacios de un formulario que diligenciaba con mis datos, reiteró su solicitud de regalo. Me dijo: "Señor, regáleme su teléfono". Entonces, no aguanté más, Alfabeto. Le dije que qué era ese atrevimiento, por Dios; que ni siquiera yo la conocía y ya me estaba pidiendo que le regalara mi teléfono. ¡Si yo lo necesito para hablar por él con mis amigos y parientes, y para que ellos me llamen! Estoy asustado de ver cómo se volvieron regalones mis conciudadanos.
- A mí también me han hecho esas pasmosas solicitudes, a "quemarropa"- secundó Alfabeto-. Hace no más de diez minutos, estaba conversando con un amigo; al momento de despedirnos me dijo: "Regáleme su celular". Tuve que decirle que por qué razón habría de regalarle mi teléfono móvil. Esta es mi herramienta de trabajo de todos los días. Entonces cayó en la cuenta y replicó que lo que quería era que le regalara el número de mi celular. Entonces volví a corregirle diciéndole que tampoco eso haría. Que cuando menos le podía suministrar el número; porque si se lo regalaba, todas las personas que me llaman a mí a esa línea quedarían despistadas al percatarse de que quien les contesta no soy yo. De ese tenor están las cosas con la semántica del castellano, Regalado.
- El asunto es de tamaña magnitud que se extendió por todas partes. En las tiendas y supermercados; en los buses, en las esquinas, en las iglesias…por doquier abundan los regalones. Todo lo quieren regalado. Desde los huevos hasta la amistad. Y todo cuesta, Alfabeto, ¡tanto los huevos como la amistad!
En ese instante, una viejecita que pasaba junto a los dos, se arrimó para decirles:
-¿Me regalan la hora, señores?
Los dos se miraron al mismo tiempo. Regalado contestó:
-No, señora. No podemos, pero sí le informamos que le cogió la tarde. Tanto para llegar a su casa como para consultar en un diccionario el significado del término regalar. Corra, apúrese.
Y luego de hacer algunos comentarios adicionales sobre ese “vicio verbal” de una inmensa cantidad de colombianos, se marcharon no sin antes haber dado unas monedas, como regalo, a un pordiosero que caminaba por un sendero del parque
(*) REGALÓN: Que se cría o se trata con mucho regalo.
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