
TEATRO EN CALI (TC): ¿Cuál fue el episodio, anécdota o situación que te motivó a hacer teatro?
JOSÉ MANUEL (JM): Tenía diecisiete años, con el bachillerato recién terminado y la pregunta que jamás me planteé en los últimos años de estudio: ¿Qué carajos hacer de mí? Porque inevitablemente, el hecho de tener dicha pregunta resuelta a esa edad, de alguna manera, vaticina una visión amable de la vida. En esa espera aletargada por llegar a una resolución, hice un examen de medicina, pensé en convertirme en piloto, científico y futbolista; cualquier cosa que no me llevara a permanecer en una oficina por largas horas. Un día, viendo televisión, aquella pregunta generó otra pregunta: ¿Y si soy actor? Cinco años y medio después, tenía un diploma de licenciado en arte teatral en mis manos. Entré por probar y me quedé; aunque nunca he tenido la certeza de que aquella respuesta de, qué carajos hacer de mí, haya sido contestada del todo. Creo que el día en que sea resuelta, dejaré de hacer teatro y quizás me vaya de piloto. Definitivamente hay cosas de las cuales lo mejor es desconocer su origen, todo sea por el hecho de entender un poco la finalidad de las mismas.

TC: ¿En qué momento de tu vida decidiste que el teatro iba a ser parte fundamental de tu proyecto de vida?
JM: No recuerdo ningún momento en especial ni una imagen fija, pero sí tengo la certeza de que acepté por completo al teatro cuando supe que me había ayudado a encontrar las otras dos áreas artísticas en las que también pierdo la cabeza, el cine y la literatura.
TC: ¿Cuál es tu proyecto actual?
JM: En estos momentos estoy en México, terminando la carrera de dirección cinematográfica que empecé en Argentina y en la etapa final de una novela que comencé a escribir hace un poco más de dos años.

TC: ¿Qué implicaciones ha tenido para vos hacer teatro en Cali?
JM: Aprender más de lo que se puede aprender. Hacer teatro en Cali a veces puede parecer utópico, como querer montar una obra con pingüinos en la mitad del desierto; pero esa misma convalecencia de la que todo actor, dramaturgo y director caleño es víctima, es la que nos ha ayudado a sacar ese “yo hago todo” que llevamos dentro. Yo escribo, yo monto, yo produzco, yo actúo, yo diseño, yo bailo, yo canto, yo pinto, yo decoro, yo recibo los aplausos, yo recibo las críticas. En ese proceso, que más que una iniciativa propia es una necesidad, hemos terminado por saber más de lo que podríamos saber, todo con el objetivo de dar un grito en el espacio y decir: - ¡Hey, aquí estoy, yo también puedo hacer teatro! La carencia, es la mayor fuente de creatividad en este caso. Sin embargo, si a algún caleño se le pide que monte una obra con pingüinos en el desierto, estoy seguro de que la monta, como sea.
TC: ¿Desde tu punto de vista, creés que se pueda hablar hoy de movimiento teatral caleño?JM: Hace tiempo que no permanezco una temporada larga en Colombia, pero en esos viajes cortos que he podido hacer, y visitando la pagina de teatroencali de vez en cuando, me he dado cuenta que diferentes grupos teatrales se han creado en los últimos años. Todavía falta un poco para que se hable de un movimiento en sí, un movimiento se convierte en tal, cuando los artistas son conscientes de aquella meta o filosofía que se va dando en el proceso de la búsqueda, cuando se hace común entre ellos. En Cali sucede algo muy extraño, desde hace un tiempo que se va en esa búsqueda; pero sucumbe cuando esos grupos protagonistas de repente desaparecen, se esfuman, se crean para hacer un montaje y luego mueren, o se reúnen cada tantos años para decir, - a ver vamos a montar una obrita pues. Mientras no haya una constancia y no se deje a un lado el pensar, que en un sólo intento se van a conseguir las cosas, se seguirá en esos pequeños destellos teatrales; pero sólo quedará en eso, en destellos; desaprovechando así, el increíble potencial artístico que hay en Cali, porque de eso no me queda la menor duda.

TC: Tanto desde el interior de los grupos como desde las políticas culturales de Cali ¿cuáles deberían ser los puntos estratégicos a trabajar, que favorecerían al desarrollo teatral de la ciudad?
JM: La planeación, no hay una costumbre de la producción teatral, no hay metodología. De allí se desprende el éxito que tenga esa obra. Si bien dije con anterioridad, que en Cali se desarrolla el factor, “yo hago todo”, esto no quiere decir que en cada uno de esos procesos se pasen muy por encima. Las obligaciones de un productor no se pueden limitar a pegar afiches y repartir unos cuantos volantes. En una producción teatral se deben respetar los tiempos: tener el texto y estar de acuerdo con lo que está allí escrito, conseguir los recursos, tener tiempo para explorar, para montar, para difundir la obra como se debe, llamar la atención del público. Pero muchas veces, todo se convierte en una mezcolanza, gracias al afán de estrenar, de conseguir una beca o unos cuantos pesos. Es cierto que son contados los apoyos que se reciben por parte del gobierno y en el afán por alcanzar esos recursos, se entra en una pelea absurda por querer obtenerlos. Pero hay una cosa cierta, si en todo un año jamás pude hacerme acreedor de ninguna ayuda, pero trabajé arduamente en todo el proceso, el resultado será tan fuerte y satisfactorio que mi propio trabajo hablará y se abrirá paso por sí solo, sin necesidad de pelear por lo que no tiene caso pelear. La mejor manera de derrotar a los vivos y a la rosca que nunca morirá, es trabajando en silencio. Como quien dice: “Coma callao mijo”. ¡Ah! Y claro, que se dejen de robar la plata para la cultura, aunque eso sería tan irreal como intentar poner el Niño Dios en el pesebre antes del 24 de diciembre.
TC: ¿Cuál consideras tu mayor logro a nivel teatral hasta el momento?
JM: He tenido varios, personales y colectivos, pero el que nunca olvidaré fue el día en que un grupo de parceros “Los cualquiera Producciones” montaron un texto que escribí, el primero que escribí. Una cosa es tener algo en la cabeza, ponerlo en un papel, y otra muy distinta es ver eso materializado. Cuando vi esa obra en el teatro municipal, supe que el teatro era la materialización de los sueños, de las aberraciones, de las ideas, es una perfecta negación de la realidad. El teatro expresa la inconformidad interna que todos llevamos dentro, nos hace vomitar poesía.

TC: ¿Si no fuera el teatro, en qué otro campo te hubiera gustado desempeñarte?
JM: De algún modo lo estoy haciendo ahora, el cine y la literatura, pero si hablamos de una profesión como tal, de esas cosas que uno piensa e imagina, si no estuviera haciendo lo que se está haciendo, pienso que pianista. Cuando me siento frente a un piano se me olvida todo, el planeta deja de girar; no sé tocar, no con, do, re, mi, pero gracias a que le atino al ritmo, tengo un repertorio construido a base de improvisaciones que no está del todo mal. Nunca le he dedicado el tiempo necesario, siempre se me atraviesan cosas; pero algún día lo aprenderé a tocar bien, algún día tendré un piano de cola.
TC: ¿Qué tipo de teatro te gusta ver y qué tipo de teatro definitivamente no te gusta ver?
JM: Me gusta el teatro que hable del hoy, de lo que acontece al ser en estos días, que el público encuentre una identificación en lo que ve, así sea mínima, el hecho es que reciba un estímulo en esa hora, hora y media que se encuentra allí sentado. Los clásicos también me gustan, siempre y cuando contextualicen. He visto tragedias griegas en las que todo es una gritería, un lamento, un sufrir, hasta ganas me han dado de levantarme y abrazar al actor para darle consuelo, hay obras insoportables, y eso que estudié teatro y debería asimilarlo todo con prudencia; pero es que inventan cada cosa. Detesto las obras en las que los autores, director o incluso los actores quieren mostrar una imagen suprema de su ser, utilizan el teatro como un medio para exaltar su figura. Cuando bien se sabe que en el intento por hacerlo, terminan evidenciando esa carencia de la cual son presos, la humildad. Un artista que no conoce la humildad por medio de su arte no puede decir gran cosa. El teatro existe y no existe a la vez, tal como la humanidad; estamos internos en un sistema de hipótesis que hemos terminado por asimilar lo que llamamos “vida”, y si el teatro es una representación momentánea, idílica de eso, pues es doblemente inexistente; de tal modo, que el querer demostrar lo hermoso o lo inteligente que soy con mi obra es un acto tremendamente triste, es extinguirse a si mismo, es perderse en ese vacío.
TC: ¿Cuál es la hora del día que preferís para crear?
JM: Depende de lo que quiera hacer, no lo hago de un modo totalmente consciente, aunque sé que es infalible. Si caigo en el acto de crear, inventar, sacarme un as de la manga, construir una frase de la nada, de las mil posibilidades que existen en ella, la mañana siempre se presta para tales cosas, la mente está en calma y todo va llegando fluidamente, como si alguien me lo dictara, una parte de mi ser que habita en otra dimensión, la dimensión de las ideas. Si en lo que caigo es un desestructurar de todo para sacar algo de allí, entender un poco de esto y de aquello, unir, cortar, pegar, rearmar, la noche me abre las puertas, la noche que viene cargada de un sinnúmero de peripecias acontecidas durante el día, risas, llantos, amores, desamores, pelas, sueños, todo eso que me permite llegar a un collage. Una maraña que sólo días después vengo a entender y a sentirla verdaderamente.
TC: ¿Cuál es tu autor preferido y cuál tu obra preferida?
JM: Nunca he podido entender eso de lo favorito de uno, me gustan tantas cosas, no tengo ni color favorito, ni autor, ni nada, pero por nombrar a algunos, me gustan Harold Pinter, Sergí Belbel, Bernard Marie Koltés, Federico García Lorca y muchos más. Y la obra, La Casa de Bernarda Alba; pero es porque siempre he querido montar esa obra y nunca se ha dado la oportunidad, llegará el momento, aunque hay otras más.
TC: ¿Cuál es tu sitio preferido en Cali y por qué?
JM: Tengo dos que prevalecen entre muchos, el primero es mi casa, no hay nada más placentero que estar en mi casa un domingo en la tarde haciendo realmente nada, rascándome la barriga, viendo televisión con mi familia o mis amigos y abriendo la nevera cada dos segundos. El segundo no esta propiamente en Cali, si no un poco más allá, en sus límites, es un lugar que está en Pance, llamado, La Nevera. Es un pedazo de naturaleza perfecto, un charquito de agua helada perdido en el bosque, un sitio que proporciona una
tranquilidad única, casi surrealista. Es increíble que a una hora de la ciudad, de su ajetreo, su vaivén, esté un lugar de éstos, esa es una característica de las ciudades de Colombia que no cambiaría por anda.
TC: ¿Cómo te ves en 20 años?
JM: Comiendo chontaduro, viviendo en el campo o en el mar, gritando:- ¡América campeón Hijuep…! bailando Idilio de Willie Colón en los brazos de alguna caleña, haciendo teatro, cine, escribiendo, pensando que esta vida es una cagada y haciendo todo lo posible por cambiar esa idea, lo que se puede hacer cuando se es artista y sobre todas las cosas, estando tranquilo.

TC: ¿Qué es lo que más te exaltan y lo que más te recriminan?
JM: A la gente le gustan mis ideas y eso es algo satisfactorio, en los lugares donde he podido estar, me he dado cuenta de eso, quizás el hecho de estar pensado todo el tiempo en ellas, construyendo imágenes, cavilando, armando y desarmando en la cabeza, hace que esas ideas cobren fortaleza y vida propia. Defiendo mis propuestas a capa y espada, y a la vez, trato de ser muy abierto a las propuestas de los demás. Nunca se tiene una verdad exacta y menos en el arte, escucho y trato de que todos sientan que mi trabajo es también de ellos. A veces recriminan un poco mi carácter, dicen que mantengo con cara de puño, pero eso es un gesto que no sé cuando lo desarrollé, más que mi carácter es la primera impresión que doy; pero después que entro en confianza soy más jodón que cualquiera y eso lo saben todos mis amigos. Simplemente creo que es un escudo social, como todos que tienen alguno, sencillamente yo lo manifiesto de ese modo.
TC: ¿Cuál es tu palabra, frase o expresión favorita?
JM: Hay una que se destaca entre las demás, entre varias que tengo de novelistas, dramaturgos, cineastas, pintores, bailarines, músicos y científicos.- ¡Usted tiene que ser un verraco!, me la han dicho siempre mis papás.
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