| 
Siguenos en: ico_facebook ico_twitter ico_youtube
feed-image RSS

Próximos Eventos

Entrevistas

«El teatro no puede ser un hábito porque cae en lo decorativo»

E-mail Imprimir PDF

Romeo Castellucci: "El teatro no puede ser un hábito porque cae en lo decorativo"

Uno de los grandes de la escena europea, aterrizó en Madrid para presentar su primer texto publicado en español. La joven editorial Continta Me Tienes, presentaba «Los peregrinos de la materia», un libro que recoge textos teóricos de su compañía Socìetas Raffaello Sanzio desde 1985 a 1997. No es fácil ver a este italiano de 53 años, que acaba de ser distinguido con el León de Oro de la bienal de Venecia por la capital de España. Tan sólo ha presentado dos trabajos en esta ciudad en más de treinta años de compañía. Y eso el público madrileño lo sabe. El Teatro Pradillo, donde se presentó el libro, estaba a rebosar para escuchar a este rompedor de moldes de un teatro tan hermoso como feroz.

 

–Una palabra que se repite en el libro es la de «iconoclasta». ¿Qué peso tiene en su trabajo?

–Para nosotros, fue una palabra esencial. Sobre todo en nuestro comienzo. Debíamos destruir primero todas las reglas y sobrentendidos del teatro, que es un lugar extremadamente cargado de tradición. Éramos muy jóvenes y estábamos muy enfadados, enfadados contra todos y todo. El hecho de destruir y de hacer tábula rasa era el mismo espectáculo. La destrucción de las imágenes era la imagen. Trabajábamos con esa paradoja. La contradicción se convirtió en una disciplina. Hacer teatro contra el teatro. En el teatro que hago ahora esa iconoclasia sigue estando, pero como una tensión. Como decía Artaud «hay que "forcener" el teatro». Es un vocablo que tiene difícil traducción, extremar, forzar, enfurecer. Antes de comenzar a trabajar en una pieza de teatro hay que «forcener» los marcos del teatro, hay que inventar un nuevo lenguaje. Incluso más, hay que inventar la necesidad de un nuevo lenguaje. Incluso más, hay que inventar a cada paso la necesidad misma del teatro. El teatro no puede ser en absoluto un hábito. Si no caeremos muy fácilmente en lo decorativo, y caer en lo decorativo es lo peor.

–Su trabajo es tachado de poco comprensible, de no contener elementos narrativos. En dos de sus últimas obras, «Purgatorio» y «Sobre el concepto del rostro del hijo de Dios», hay un trabajo sobre el hiperrealismo textual y actoral claro...

–Fue como atravesar campo enemigo, de todo eso que odio y siempre he detestado. Era una estrategia. Todo el mundo decía esta vez: «Es fácil, es agradable, es como cuando vamos al teatro». Todo era teatro burgués, hasta el decorado. Todo era ilustrativo, había hasta una escalera. Era una trampa, como una planta carnívora. En un momento dado la trampa te atrapaba. La pieza explotaba cuando no había nadie en escena y podías escuchar lo obsceno, lo obsceno fuera de escena. Tan sólo el ruido de la violencia, terrible, no explícito, ambiguo, pero claro. Sin ninguna descripción explícita del abuso sexual. Todo estaba en la imaginación sucia del espectador. Afloraba la vergüenza del espectador. La vergüenza, tras la tragedia griega, ha sido el verdadero motor del teatro occidental. En cambio, «Sobre el concepto...» no es un trabajo narrativo, lo que hay en escena es una condición humana, es un plano secuencia. No había montaje. Ningún cambio de decorado ni de tiempo. Y el lenguaje no hacía falta ni traducirlo, era simplemente ruido humano. En esa pieza la materia más importante sobre la que se trabaja es el tiempo, mucho más importante que los excrementos. Se busca el límite, el punto de ruptura del tiempo.

–Siempre se ha dicho sobre su trabajo que es anti-representativo. En los años noventa hay un libro que es clave en la teoría teatral, «El teatro posdramático» de Hans-Thies Lehmamn. ¿Su teatro es posdramático? ¿Qué relación tiene con esa, digamos, tendencia?

–No tengo ningún interés en las etiquetas. Pero si se refiere a un teatro que quiere mostrar otro tipo de estructura teatral que el narrativo basado en el texto bueno, pues de acuerdo, pero no es en absoluto lo que yo hago. Por ejemplo, mis dos últimos trabajos se bañan en el teatro dramático, pero es como la piel de la cebolla, es falsa, es conscientemente falsa, como el lobo que se viste de oveja. No hay ninguna regla, ésa es la buena nueva. Puedes utilizar todos los medios posibles pero debes «forcener» el teatro. Debes cortar en dos el cuerpo del espectador. La herramienta que utilices para esto da igual. Lo extraordinario del teatro es que todo es posible. La libertad es inmensa, pero la libertad es aterradora. No resulta algo agradable, da miedo. Hay que ir más allá de las etiquetas.

 

Referente Web: http://www.larazon.es/detalle_normal/noticias/2151275/cultura+teatro/romeo-castellucci-el-teatro-no-puede-ser-un#.UYc5vWeITng

 

El teatro independiente en Colombia es de resistencia

E-mail Imprimir PDF

EDUARDO ROZO | 31 de marzo de 2013

eduardo.rozo@laopinión.com.co

 

Alonso Argüello Sanguino y Carlos Ramírez Quintero

 

El teatro independiente en Colombia es sinónimo de resistencia y de lucha contra la falta de recursos para gestar proyectos escénicos.

En Cúcuta la dramaturgia está en un proceso de resurgimiento, así lo afirman tanto los directores, actores y gestores locales, como los dos talleristas nacionales que estuvieron invitados a la IV Fiesta del Teatro que culminó esta semana en la capital nortesantandereana y logró la meta de tener 8.500 espectadores.

Ellos, en un cara a cara, respondieron un cuestionario diseñado por La Opinión y en el que dieron, desde su experiencia, una mirada al estado del teatro independiente en Colombia.

Se trata del nortesantandereano Alonso Argüello, nacido en Tibú, pero criado en Chinácota, y el cartagenero Carlos Ramírez Quintero, quien a sus 66 años es considerado un maestro de las artes escénicas en el Corralito de Piedra.
Alonso Argüello Sanguino
Años dedicados al teatro: 22

Personaje que lo identifica: El Bolívar humano, no el que vendió la historia.

Formación: Arte dramático en la Universidad de Antioquia.

¿Califique de 1 a 10 el estado del teatro independiente en Colombia?

5

¿Cuáles son las falencias?

La falta de apoyo financiero y visibilizar lo que se hace en el teatro independiente. Hay muy buenos proyectos que se quedan en el anonimato.

¿Cuáles son las oportunidades?

Se han dado ganancias y beneficios para los teatreros independientes. Hablo de la Ley del Teatro que ofrece becas de creación para los artistas. Sin embargo, hay que descentralizarlas y extenderlas a las regiones.

¿Los artistas son conscientes de esta realidad y hacen respetar sus derechos?

Algunos son conscientes, los que tienen la oportunidad de conocer el medio y batallar diariamente en busca de posibilidades. A otros les hace falta tener más conciencia y autocapacitarse.

¿Cómo lograr que se reconozca la labor del teatro independiente?

Hay que articularse a los modelos que desarrolla el mercado cultural actual, como es el emprendimiento. Hay que idear empresas teatrales para no depender del Estado. Además, los sectores que tienen la oferta comercial deben apoyar al movimiento independiente.

¿Qué aporta el teatro a la sociedad y a la vida del hombre?

Los creadores deben entender que no se puede desarrollar un pensamiento exclusivo para quienes están inmersos en el gremio. Por el contrario, el teatro debe ser un medio de transformación social y para ello debe trabajar con las comunidades y en la formación de públicos.

¿Qué opinión le merece el teatro cucuteño?

Hay un renacimiento. Recuerdo que en mi época de juventud había un movimiento fuerte, pero con altibajos y disperso. En los últimos años surgió un grupo de mujeres que están liderando un proceso interesante y hay que apoyarlas. En Norte de Santander hace falta el fortalecimiento de las políticas públicas.

¿En qué se diferencia la dinámica cucuteña con la de Medellín?

El tema es de oferta. Medellín por tradición es una ciudad con demasiada oferta y hay momentos donde abunda más que la demanda. La Universidad de Antioquía y la institucionalidad pública y privada entendieron la importancia de lo escénico. En Norte de Santander hay ganas, talento y trabajos de calidad, pero falta apoyo. Siento que se va por buen camino.

¿Cuál es su propuesta para darle un giro de 180 grados al teatro regional?

Formación actoral y nuevas tecnologías. Hay que involucrar al teatro contemporáneo y facilitar que los directores, actores y gestores conozcan la realidad mundial del gremio.

¿Cómo lograr el equilibrio entre el talento y la falta de recursos?

Con creatividad. Un gran maestro polaco enseñó la riqueza del teatro pobre, en recursos más no en calidad. El dinero es importante porque esta es una profesión y de ella vivimos, pero la carencia de dinero no implica trabajos sin calidad.

Carlos Ramírez Quintero
Años dedicados al teatro: 42

Personaje que lo identifica: Perlimplín.

Formación: Aprendió teatro con el maestro Alberto Sierra (q.e.p.d.) en Cartagena y cursó talleres en la Corporación Colombiana de Teatro.

¿Califique de 1 a 10 el estado del teatro independiente en Colombia?

Al esfuerzo y a la labor de resistencia del teatro independiente hay que ponerle 10.

¿Cuáles son las falencias?

La interpretación de las políticas culturales. Son diseñadas por quienes están en el poder y no tienen en cuenta a las regiones que generalmente tienen desarrollo económico desigual. Eso significa que necesitamos políticas diferentes.

¿Cuáles son las oportunidades?

Dependen de las regiones. Un ejemplo es que en una ciudad como Cartagena hay fuga de cerebros hacia Bogotá y Medellín. A la falta de salas concertadas, deben habilitarse más.

¿Los artistas son conscientes de esta realidad y hacen respetar sus derechos?

No los defienden. Desde hace poco estoy dando una batalla por promover el problema del desarrollo económico desigual. Sin embargo, entre los artistas no hay receptividad y se hacen los de los oídos sordos.

¿Cómo lograr que se reconozca la labor del teatro independiente?

Es cuestión de política. En la medida en que sean sólidas se podrá ver florecer el teatro. Así mismo el Estado programa la salud y la educación, debe hacerlo con el teatro.

¿Qué aporta el teatro a la sociedad y a la vida del hombre?

A la sociedad un espíritu crítico. Una obra que no pone a pensar a la gente es simplemente divertida como el circo o una película. El teatro debe ser más social.

¿Qué opinión le merece el teatro cucuteño?

Por lo que he podido ver  me parece un trabajo bien hecho, divertido, el público estaba contento en las funciones y si todos los trabajos son de esa factura se está trabajando muy bien en Cúcuta.

¿En qué se diferencia la dinámica cucuteña con la de Cartagena?

La diferencia es la proporción. Si acá hay cuatro grupos de teatro independiente en Cartagena existen 12. Sin embargo, considero que estamos en los mismos terrenos y con las mismas necesidades, hablo de la creación artística y la promoción de los espectáculos.

¿Cuál es su propuesta para darle un giro de 180 grados al teatro regional?

Crear salas de teatro para todas las agrupaciones que tengan al menos tres años de estar formadas. Las salas son el laboratorio de las creaciones y sin ellas no hay una columna vertebral.

¿Cómo lograr el equilibrio entre el talento y la falta de recursos?

Con resistencia. Este es el único medio para demostrar que el teatro nunca se va a acabar. No tenemos la capacidad publicitaria que si tiene un espectáculo banal, pero hay que mantenerse. Al teatro no hay que tenerle miedo.
¿Cómo saber si es un buen actor?

Es cuestión de vocación, como los curas que se van a un monasterio.

Hay que tener disposición para estudiar y formarse.

Un actor con talento, pero sin formación se queda a medias.

El actor debe entender que esta es una profesión, no un oficio.

Saber de otras artes para poder representar el espíritu humano en las tablas.

No basta solo con aprenderse un texto, tener buena voz y expresión corporal. Hay que entender la condición humana.

Hay que adquirir las técnicas teatrales, los actores transmiten sentimientos.

 

Referente Web: http://www.laopinion.com.co/demo/index.php?option=com_content&task=view&id=416795&Itemid=94

 

"Cualquier gesto pedagógico es un acto de dominación"

E-mail Imprimir PDF

Emilio García Wehbi: Famoso por sus puestas rupturistas, este director teatral habla de sus procedimientos estéticos, su concepción de arte político y de "Botella en un mensaje", el libro en el que publica su obra reunida y que acaba de presentar en el Malba.

POR Ivanna Soto

Todos esos discursos inaprensibles por completo durante la representación, ese vaivén de citas, materiales, referencias y textualidades, ese aluvión, ese palimpsesto, quedó ahora inmortalizado en Botella en un mensaje (Alción Editora/Ediciones DocumentA), el libro en el que Emilio García Wehbi publicó su corpus de obras. Una forma de encarar lo teatral que trabaja con la tensión entre forma y contenido. En su caso, entonces, el mensaje es la botella.

Ya desde sus inicios en el Periférico de Objetos en los '90, empezó a romper los paradigmas de lo teatral instituido, como cuenta, con una voluntad interna de matar al padre cada vez, de superarse a sí mismo. Su teatro no es de textos, sino de texturas. Un teatro para aprehender a través de los ojos, la nariz, las manos, el cuerpo. Así, Wehbi transita por diferentes registros del arte y convierte al teatro en un campo de interdisciplinariedad.

Ahora, la publicación del libro con una voluntad literaria implica también un corrimiento de lo teatral. Pintura, intervenciones urbanas, ópera, performances, happenings, instalaciones, teatro y literatura: todas contra la tiranía del texto. Porque en el teatro de Wehbi las estructuras aristotélicas caen, la idea de relato no se mantiene en unidad dentro del tiempo y espacio de la obra y los códigos de representación se desarticulan. "Que el arte no imite a la vida, sino que la vida imite al arte", celebra, en ese filo de tensión entre lo artaudiano y lo brechtiano que constituye su estética.

WEHBI. "Yo mantengo una relación entre arte y utopía", afirma.

-¿Por qué empezás a escribir textos para la representación?
-La génesis de empezar a escribir textos fue porque en una época, para 2003, dejé de encontrar textos teatrales que me resultasen seductores para llevar a la escena. Sentía que no había materiales textuales que me representaran. Entonces empecé a probar algo que siempre había fantaseado pero que nunca había llevado a cabo: escribir textos con una doble intención: pensando en la escena, pero también jugando un poco literariamente.

-¿Te seduce la posibilidad de que otros directores pongan en escena tus textos?
-Me seduce la idea de ver cómo otra persona podría llevar a cabo esos textos. Tienen una pregnancia muy especial. Son muy bizarros para llevarlos a la escena.

-Tienen un juego didascálico poco convencional.
-Claro, las didascalias son más literarias. La idea es que no se tomen como pie de la letra. Yo también elijo textos que en principio parecen no estar escritos para la escena y, sin embargo, uno transita por la escena con esos textos. En relación a lo que es la dramaturgia estrictamente contemporánea, un texto de teatro es considerado teatral sólo porque el autor considera que es un texto teatral. Desde que Duchamp pone el mingitorio en el museo, lo firma y dice: "Esto es una pieza de arte porque yo lo ubico", se construye esta realidad. Yo diría que no hay texto que no sea teatral y que no hay textos específicamente teatrales. Yo no podría decir que Hamlet es un texto mucho más teatral que una receta de cocina a priori. Esto abona una mirada de director-autor en la que el director transforma el texto y lo articula dentro del relato de la escena.

-¿Qué características tiene que tener un texto para que lo elijas para llevar a la escena?
-En principio, los textos que a mí me interesan son aquellos que no tienen una voluntad didáctico-escénica. Es decir, aquellos en los que el autor no hace más que escribir palabras, sin buscar una línea u orientar al director hacia una forma de entender teatralmente esos textos. Yo busco materiales que desteatralicen, desde lo literario, al teatro. Me interesa la dramaturgia rota, no representacional, que tiene múltiples capas de significación, que trabaja una polisemia o un imaginario que excede a lo que la palabra narra o explicita. No me interesa el formato de diálogo, hace muchos montajes que no trabajo el lenguaje naturalista representacional, sino que trabajo casi todos monólogos. Son textos dichos directamente al público de cuerpo presente, la noción de cuarta pared para mí es un anacronismo.

-¿Tu escritura emula los procedimientos formales que llevás a cabo desde la dirección?
-Mi vocación es descentrar la mirada. Esto para mí es permanente, tanto desde la dramaturgia como desde la dirección. No sólo la mirada del espectador, sino mi propia mirada. Trato de romper los pactos preexistentes conmigo mismo para que mi próxima función me seduzca, me descoloque y me implique un corrimiento. Entonces, si bien hay una línea estilística y unos monstruos que me recorren en toda mi producción artística, una constante es la voluntad de cambio. Es como un oxímoron: hay una constante búsqueda de un cambio. Esa es una parte esencial de mi modus operandi.

-¿Cuáles son esos monstruos?
-Un artista por lo general tiene dos o tres tópicos con los que trabaja obsesivamente durante toda su vida. Y si es consecuente, nunca los va a terminar de desarrollar, se va a morir antes de poder cerrar esa herida abierta. En mi caso, puede ser la obsesión en relación a la vida y la muerte y la problemática del cuerpo. El cuerpo como la hoja y como el lápiz: la hoja como el lugar en donde se inscribe la problemática del mundo, y el lápiz como aquel que inscribe en el mundo y en el arte su propia problemática en relación a la existencia.

-Tu intención es generar actividad en el espectador, pero ¿qué hace después con esa actividad?
-La idea de corrimiento de la mirada que planteo para el artista y el espectador tiene como finalidad correrlos del pensamiento normativo, disciplinado, establecido y centralizado que responde a un comportamiento social y ético que está institucionalizado, y tratar de mover hacia la periferia una forma de mirar. Todo lo que está institucionalizado atenta contra la libertad o, por lo menos, contra el pensamiento crítico. No hay una cuestión pedagógica o superior de poder donde lo que busca el artista es mover al espectador, sino también moverse a sí mismo. No tiene una funcionalidad pragmática, sino también dejaría de tener una voluntad poética y se trasformaría en una voluntad política. Y cuando empieza a tener ese tipo de registro pierde algo de la esencia de lo poético y deviene en algo que puede ser manipulación, que a mí no me interesa en lo más mínimo. Entonces, tiene que ver con descentrar los mecanismos de construcción de institución y recuperar, como dice Rancière, la libertad de la subjetividad. Yo cómo lo veo, yo qué pienso y yo qué haría, son las preguntas frente a este hecho estético, poético y/o político. En este sentido, tiene una vocación libertaria.

-¿Una co-responsabilidad con lo que sucede en escena entre intérprete y espectador?
-Claro, que el espectador tenga conciencia de que es responsable de lo que está viendo, que no sólo es un espectador pasivo, protegido, guarnecido en la oscuridad, sino que forma parte de la lógica del relato poético. Eso es un teatro activo. Esa forma de estar ahí, de recuperar el tiempo presente es algo que el teatro perdió desde mi criterio. El teatro durante el siglo XX con la dominación del psicologismo y el naturalismo se fue volviendo una pieza de museo. En lugar de un acto de hoy, vivo, puro, vemos un teatro como se hacía en el siglo XIX o principios del siglo XX, y no sabemos por qué extraña razón nos sigue interesando.

-Claro, la mayoría de la gente que va al teatro, que de por sí es una minoría, va a ver teatro naturalista. ¿A qué va la gente al teatro?
-Hay una tendencia en crecimiento, lo que llaman ahora "teatro comercial de arte", que para mí es un oxímoron. De pronto empezaron a haber buenos actores y directores trabajando en teatro comercial, y eso parecería que lo prestigia. Pero al contrario, el teatro comercial desprestigia a esos actores y directores. Entonces, hay un cierto achatamiento en cómo el espectador mira las obras. Y esto es un problema. Por ejemplo, el teatro de los '90, desde lo formal, era un teatro de mucho más riesgo y había mucho público que estaba dispuesto a ese tipo de apuestas. Hoy, la apuesta de riesgo se ha achatado. No puedo entender bien por qué.

-¿Y qué genera en el espectador la puesta en discurso de su pasividad? Como por ejemplo en una de las obras, "La balsa de la medusa", en la que los performers insultan constantemente a los espectadores.
-Ahí había un juego frente a la postura cómoda y de entretenimiento del espectador con lo teatral. Yo lo planteaba como un gesto de entretenimiento que hacía pisar el palito al espectador. Si los textos hubieran sido otros, el espectador no se hubiera sentido maltratado o descolocado. Pero como eran insultos, había algo que se rompía. Algunos, que no entendían el juego, caían en esa trampa y entraban en una espiral de provocación con los intérpretes. Era una vocación de hacer manifiesto que estamos ahí en ese momento y que ese estar ahí implica también una forma de mirar. Las reacciones del público fueron de lo más variadas: desde dar botellazos, correr a los intérpretes, bailar con ellos. Ese espacio de apertura, que había que sostenerlo, era una apuesta de riesgo.

-En tu libro afirmás que el arte no es político por el contenido sino por la forma. ¿Dirías que tenemos una tradición de teatro político en general?
-Tenemos una tradición de teatro político que para mí no es político, sería ideológico en todo caso. Precisamente porque el llamado teatro independiente que surge en los '50 y que es fuerte hasta la dictadura es un teatro marxista, que busca promover las ideas marxistas a través del pobre Brecht, al que destruyen totalmente. Transforman a la pedagogía brechtiana en lo contrario del didactismo que buscaba Brecht. Hay una tradición de que los teatreros deben expresar desde el teatro una ideología, que debe ser políticamente correcta, progresista. Desde mi punto de vista, esto termina siendo una sarta de banalidades puesta una sobre otra. Lo político es producir procedimientos formales nuevos. Me parece que el teatro argentino ha dejado de ser lo político que era. Y, paradójicamente, una década absolutamente apolítica como la de los '90, el teatro era profundamente político por su modo de producir formal. No porque hablemos de la dictadura o Malvinas vamos a estar haciendo teatro o arte político. Lo políticamente correcto, lo progresista, se debe valer sólo de herramientas progresistas y específicas y no buscar otras estrategias que a veces son las que ha utilizado el enemigo. Según cómo abordemos ese tópico, vamos a estar haciendo teatro o arte político.

-¿Crees que al teatro le concierne sólo la intención de cambiarse a sí mismo o debe, además, cambiar a la sociedad?
-Yo creo que cuando le tratamos de asignar al arte algo que busca decididamente exceder sus propios límites, le estamos buscando cierto didactismo. El arte es una expresión humana intrínseca del hombre. Se entiende siempre, no hay que explicarlo. Cualquier gesto pedagógico por explicar qué quiere decir, es en realidad un gesto de dominación. El arte no tiene una finalidad específica, pero sí me parece que hay una voluntad que a mí me gusta tener como artista que es la voluntad de estar en permanente cambio. Por lo tanto, también me gustaría ver una sociedad en permanente cambio. Un sujeto en constante cambio, como mínimo, se cuestiona las reglas que lo sujetan como tal. Esto es lo que a mí me interesa dentro del arte. Ahora, si yo pretendo algo más que eso, en realidad, debería dejar el arte y dedicarme a la acción política. Este es el problema: creer que desde el arte podemos generar cambios del mundo. Podemos generar cambios en nosotros mismos y pequeños corrimientos que pueden ser útiles, pero no necesariamente diría que buscar una voluntad de cambio es hacer algo bueno con el arte, sino que casi lo contrario.

-¿Es posible establecer todavía alguna relación entre arte y utopía?
-Sí, yo todavía creo que el espacio del arte, en algún punto, es un espacio liberador, un punto de fuga, un lugar donde se cuela algo que no se cuela en otros registros del comportamiento social. El arte es el espacio para interrumpir la ley desde la poética. Tomando a Brecht, Müller decía que el arte era un espacio para experimentar desde lo poético experiencias de un colectivo que, si llegan a buen puerto, pueden ser llevadas a la realidad. Y en ese sentido, es un espacio de pura libertad en donde los grupos sociales pueden probar desde la no corrección, desde el hacer no normal, un discurso, un relato, una construcción de realidad que después puede ser provechosa en la realidad.

Referente Web: http://www.revistaenie.clarin.com/escenarios/teatro/Emilio-Garcia-Wehbi-Botella-mensaje_0_761324102.html

 
<< Inicio < Prev 1 2 3 4 5 6 7 Próximo > Fin >>

Pág. 1 de 7
© 2010 Todos los derechos reservados
Fundación Cualquiera Producciones.

Fundación Cualquiera Producciones (Cali - Colombia)
Avenida 8 Norte # 9 - 34 / Barrio Granada
Teléfonos: (+572) 653 6225 - 370 8311
e-mail: director@teatroencolombia.com
Volver arriba  arrowUp
 
logovaciado
 
WebSite por: mewIcon