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Comentario - Animas de Día Claro

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La escena es un acontecimiento social. Siempre se reiterará que el drama es un acontecimiento que tarda demasiado en madurar y que dura menos que una noche.

El entusiasmo de la escena reclama el concurso de muchos, para que la representación se vuelva una acción. Una velada teatral parece estar soportada por los actores, que en este evento son actrices acompañadas por un actor, pero resulta que, para que ello sea posible, es necesario el concurso de expertos e inexpertos, de muchos colaboradores que ponen su parte para ese milagro fugaz, donde se reclama pericia, para que resulte memorable, para que la presentación sea grata para el espectador, para que le toque el corazón y el alma.

XIII Promoción, 2005/2006. Animas de día claro de Alejandro Sieveking.

Bachillerato artístico en teatro./ Bellas artes, instituto departamental.
Sala Antonio María Valencia, Conservatorio de Música. 2006. 5 de julio, pre estreno, 6 de julio, estreno.

Juliana Córdoba, Indalicio. / Malory Linares, Nana. / Irina Marina Londoño, Luchita. / Beatriz Helena Piñeiro, Sharon Julieth Figueroa, Bertina./ Tatiana A. Donneys, Stefanía Gamboa, Luzmira. / Natalia Zambrano, Floridema. / Juliana Córdoba, Zelmira. / Diana Carolina Serna, Orfilia. / Amalia González, doña Vicenta. / Helber E. Sepúlveda, Eulogio. / Juan Manuel Collazos, composición musical. / Betty Lucía Muñoz, diseño de la escena y los trajes./ Fernando Vidal Medina, diseño de luces.

Estudiantes grado 11, Alberto Ocampo, Betty Lucía Muñoz, realización de la escena / Aída Fernández, realización de los trajes / Claudia Figueroa, Cosmética./ Carlos Enrique Castañeda,Expresión./ Luis Ariel Martínez Silva, vocalización./ Estudiantes grado 11, Arnold Barona, Betty Lucía Muñoz, tramoya./ Aída Fernández y Paula Ríos, coordinación general.

Hay tantos asuntos de los cuales no se habla, por ejemplo del amor y de la muerte, así, juntos, de la juventud y la senectud, así, juntos. Es usual cargar un plato de la balanza con la hermosura, y omitir el otro plato, por vergüenza, y ese silencio se vuelve fatal. Pues, la virtud de esta obra rural de Alejandro Sieveking, donde se explora lo campesino y tradicional, es esta tentativa de abordar el asunto de la vida y la muerte, donde el amor es un sueño no cumplido, donde el ser es el alma cargada por el dolor de la ausencia. Las mujeres que mueren sin conocer el amor, son almas en pena, y ellas suspiraron por un hombre que las tomara entre sus brazos robustos y entre sus labios sabrosos. Pero el ser no logra todo cuanto desea y es posible morir con el alma sin estrenar, en olor de santa, porque jamás hubo un instante para ese mal que puede ser un bien.

Animas de día claro no es una obra pintoresca sobre lo rural, sobre la tradición campesina de los damascos, en esas casonas de hacienda, colmadas de jornaleros, que son braceros de ocasión, porque sólo asoman por temporada. No es una obra de la presencia europea en américa, de la presencia del norte en el sur, sino una metáfora sobre el sentido del arte para el alma, y mucho más, sobre la presencia de la poesía para el amor entre los hombres, entre las doncellas y los varones. Pues, la vida se puede pasar en blanco, sin topar el lugar del hogar y la labranza. El teatro no acontece en la escena. El teatro no es vestuario y mobiliario, no es ese modo de meter un bosque en la escena y elevar una edificación. El teatro es un modo de mostrar al hombre en su tormenta, en su tempestad, desde estas mujeres muertas, que hablan de la juventud, del sueño, y del amor.

Eulogio busca una labranza para Indalicio. Esa es la estratagema narrativa, para venir al dominio de las mujeres muertas, de las almas en pena, y desde ese dominio virgen, de las doncellas, que parecen damascos, por su textura tersa y por su corazón duro, se habla de la poesía, de los viñedos y las bodegas, de las arcillas y las ánforas, de las artesanías, de ese tiempo de la espera, de esa penélope que espera por su ulises, de la juventud que suspira por una senectud hermosa, donde la vida sea un abrazo y un beso. El candor nos introduce en el crimen de la vida ociosa, de la doncella que muere santa, porque jamás olió varón. En ánimas de día claro, de alejandro sieveking, se habla del amor y del arte, y ha sido un acierto de las maestras paula y aída haber topado con esta obra para el grado de sus pupilas del bachillerato, ese modo de cortar el velo de la inocencia y preguntar por el sentido de la representación y de la recitación. En la vida no hay ensayo, y el error es muy oneroso.

El amor no es una fábula de fin feliz. El amor es un sueño entre la vereda de la alameda y el hogar humilde. Se mueren los bosques y se abandonan las casas. La escena es el otoño del padre, la ausencia de eulogio/indalicio, donde las doncellas duermen. Indalicio busca a Eulogio, y de este modo se mueve la máquina. Las doncellas que duermen despiertan, sin abrazos y sin besos, basta con una voz al pie del sauce, triste y trágico, ese modo del mundo, donde el hombre abandona la fe y la esperanza. El amor es caricia y certeza, quizás, tal vez. Paula y aída han logrado un grado ejemplar para sus pupilas. No es elemental hacer de vieja cuando se es tan joven, no es elemental hacer de bruja cuando se es tan bella, no es elemental impostar la voz tierna para imitar una voz tartajosa. Muchas tareas han sido cumplidas en esta tarea de grado, en esta empresa de elevar a la escena una obra ajena, para volverla propia, con gracia, con respeto por lo otro, y con una pizca de lo propio, para dar el matiz.

Aída ha sido una actriz de toda la vida. Quizás desde que tiene memoria ha vivido entre versos y vestidos. Participó de la fundación de la escuela de teatro, en el conservatorio de música, y viajó con el teatro experimental. Sus años han pasado entre la tramoya y la parrilla, en esa faena de la fatiga, en ese endemoniado tedio de los ensayos, para esa luz fugaz del estreno, ese instante inmenso, donde no cuentan las palmas del público, sino la satisfacción de la perfección, ese modo de sacar el punto, porque se levanta la persona del papel, porque se anima la quietud, porque se disipa el silencio y la sombra, y todo parece día claro, alma del arte. Esa lección es su legado, ese modo fresco de hablar de una tarea ardua, mucho más compleja que el coro de la coreografía, que el cuerpo del ballet. En la danza, el coro es volumen, y la semejanza disipa el error en un gesto o un movimiento, pero, en el drama, cada persona tiene su momento, con sus gestos y su voz, sin semejanza y sin volumen. Cada cual hace su parte para que la obra sea una. Estas doncellas se han salido con lo suyo, lo que cantan y bailan, con este pasaje por la casa abandonada y por la alameda que parece ruina.

Si la obra es el alma del arte, son superfluas las acotaciones, porque el espectador descubre la agonía de la pesadilla. La doncella que perdió la posibilidad de tocarse con una copa, la doncella que perdió su obra en el mercado, porque la artesanía se volvió un modo de pervivir, la doncella que, esperando un príncipe, no tuvo otra opción que irse con su hermana, y la cuarta, que viendo a la otra feliz, optó por no ser estorbo. La sexta, que no asoma nunca, fue la única que gozó del deseo cumplido, y por eso no aparece. Entonces, como un dado, que es cubo, en las seis caras, la primera y la última parecen pares, y la crónica que comienza, concluye. Aída se ha encontrado con sus pupilas, con el compositor, con el ambiente de la escena, con la indumentaria de los trajes, con ese colorido de la escena y los vestidos, con el juego de la luz, con esas muecas que son máscaras, con esos gestos de la partida, donde volvemos sobre las máscaras de madera del pueblo kofán, en el valle del sibundoy, y el viaje del bejuco del alma. Y hay un contraste de magia entre el violeta/negro y el blanco/naranja, para destacar el duelo de la vida y la muerte, donde la juventud de los actores/aprendices aprovecha la sabiduría de los maestros veteranos y venerables.

La pedagogía acontece en la sombra, sin aspaviento, sin los avisos de las salas y sin la egolatría de los directores. La ciudad no ha perdido el filón del alma y el arte, y Aída es feliz en los ensayos, con las aprendices, y paula toma nota del proceso, porque el resultado no nos ha burlado. En el estreno y en el pre estreno todo ha sido a pedir de boca. Hasta los tropiezos. La obra cuenta con prólogo y epílogo, pero, en el estreno, la salva del público abrumó a la actriz y la obligó a quedarse con el epílogo entre los labios, entonces, el público, por entusiasta, consideró que la sombra de la sala era el fin, era la conclusión. El espectador no es un buen actor, y no observa la regla de la emoción contenida, mucho más cuando no es un público de boleta por butaca, sino que es la parentela de la escena, porque son la familia extensa de las actrices y las asistentes. El teatro es un acontecimiento social muy pausado y prolongado, que madura lento, como el mosto en el vino. Ojalá buen viento y buena mar acompañen a estas actrices por siempre, para bien del arte del alma, donde la dramaturgia está tan urgida de aliento devoto, de fervor frenético, pero, sobre todo, de entendimiento.

Por Dionisio Varela

Julio de 2006.

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